Descansar antes de agotarse: el papel de las pausas breves

Ciencia
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Manu Martin

Especialista Ejercicio Físico

Cerrar los ojos, reducir la estimulación y detenerse durante unos minutos puede ser algo más que no hacer nada.

A veces, descansar no significa dormir durante varias horas.

Puede consistir simplemente en detenerse, reclinar el cuerpo, cerrar los ojos y permanecer unos minutos sin una pantalla, sin una conversación y sin tener que responder a ningún estímulo.

Parece una acción demasiado pequeña para tener importancia. Sin embargo, para algunas personas con fatiga persistente, encefalomielitis miálgica o síndrome de fatiga crónica —EM/SFC—, COVID persistente, fibromialgia u otras condiciones, esos minutos pueden modificar la forma en que se acumula la carga a lo largo del día.

No porque cerrar los ojos sea una cura.

Tampoco porque unos minutos de reposo puedan resolver por sí solos una alteración compleja.

Su valor puede estar en algo más sencillo: interrumpir temporalmente parte de la demanda sensorial, cognitiva y postural antes de que el organismo alcance su límite.

No todo descanso descansa de la misma manera

Podemos sentarnos en el sofá y continuar respondiendo mensajes. Podemos tumbarnos mientras vemos vídeos, leemos las noticias o mantenemos una conversación.

El cuerpo está quieto, pero una parte importante de la actividad continúa.

Seguimos procesando imágenes, escuchando sonidos, tomando decisiones, recordando información y desplazando continuamente la atención de un estímulo a otro.

Por eso, permanecer físicamente inmóvil no siempre equivale a descansar.

Para que una pausa reduzca realmente la carga, debe diferenciarse con claridad de la actividad que estábamos realizando. Durante unos minutos tendría que desaparecer, o al menos disminuir, aquello que sigue exigiendo atención:

  • La pantalla.
  • La lectura.
  • Las notificaciones.
  • Las conversaciones.
  • La toma de decisiones.
  • La iluminación intensa.
  • Los sonidos difíciles de filtrar.

La clave no está únicamente en dejar de movernos. Está en reducir el número de demandas que el sistema nervioso tiene que gestionar simultáneamente.

Un estado intermedio entre la actividad y el sueño

Cuando pensamos en descansar, solemos imaginar el sueño nocturno o una siesta. Sin embargo, existe un estado intermedio: la vigilia tranquila.

La persona permanece despierta y consciente, pero reduce al mínimo la actividad voluntaria y la entrada de información procedente del entorno.

No es necesario meditar, controlar la respiración ni intentar dejar la mente en blanco.

La intervención puede ser mucho más básica:

Detener la tarea.

Adoptar una postura cómoda.

Cerrar los ojos.

Reducir la luz y el ruido.

No responder a mensajes.

Permanecer unos minutos sin iniciar una actividad nueva.

El objetivo no es alcanzar un estado psicológico concreto ni obligarse a sentir calma. Consiste simplemente en retirar durante un tiempo algunas de las demandas que el organismo estaba sosteniendo.

¿Qué cambia cuando cerramos los ojos?

Cerrar los ojos no apaga el cerebro.

Seguimos regulando el organismo, procesando información interna, recordando, pensando y manteniendo diferentes redes de actividad cerebral.

Pero el estado del cerebro sí cambia.

Cuando permanecemos con los ojos abiertos, el sistema visual analiza continuamente contrastes, movimientos, distancias, textos, rostros y modificaciones en el entorno. Gran parte de este procesamiento sucede sin que tengamos que decidir conscientemente hacerlo.

Al cerrar los ojos desaparece buena parte de esa entrada visual.

En el electroencefalograma suele observarse un incremento de la actividad alfa, especialmente en las regiones posteriores del cerebro. Es lo que clásicamente se conoce como efecto Berger. También se han observado diferencias en la conectividad funcional cerebral entre el reposo con los ojos abiertos y el reposo con los ojos cerrados.

Esto no significa que podamos calcular cuánta energía ahorramos cerrando los ojos. Tampoco permite afirmar que el cerebro se desconecte o que las reservas celulares se recuperen automáticamente.

La interpretación debe ser más prudente:

Cerrar los ojos reduce una fuente importante de estimulación y sitúa al cerebro en un estado diferente al de la atención visual activa.

Para una persona sana, esa diferencia puede pasar prácticamente inadvertida. Para alguien con una tolerancia muy reducida a la luz, las pantallas, el ruido o la concentración prolongada, puede resultar mucho más relevante.

Tumbarse con el móvil no es descanso sensorial

Una persona puede estar físicamente tumbada y continuar sometida a una carga considerable.

Responder mensajes, alternar entre aplicaciones, leer, escuchar un pódcast o ver vídeos mantiene activo el procesamiento visual, auditivo y cognitivo.

La postura puede haber reducido parte de la demanda física, pero la actividad sensorial continúa.

Esto no significa que utilizar el teléfono tumbado sea siempre perjudicial. Significa que no deberíamos confundirlo con una pausa de descarga sensorial.

Cuando el objetivo es comprobar si un pequeño descanso ayuda, la pausa debería ser realmente distinta a la actividad anterior.

Durante esos minutos:

  • El teléfono puede quedar fuera del alcance.
  • La televisión puede permanecer apagada.
  • La luz puede reducirse.
  • Las conversaciones pueden esperar.
  • Los ojos pueden mantenerse cerrados.
  • La postura debería resultar cómoda.

No hace falta crear un entorno completamente oscuro y silencioso para todo el mundo. La tolerancia sensorial es individual. Algunas personas descansan mejor con un sonido suave; otras necesitan eliminar prácticamente cualquier estímulo.

La pausa debe adaptarse a la persona, no convertirse en una norma rígida.

La postura también forma parte del descanso

Cerrar los ojos reduce la entrada visual. Reclinarse o tumbarse puede disminuir además la demanda asociada a mantener el cuerpo erguido.

Estar de pie exige ajustes cardiovasculares continuos para mantener una adecuada distribución de la sangre. Incluso permanecer sentado requiere actividad postural para sostener el tronco y la cabeza.

En la mayoría de las personas, estos ajustes ocurren sin dificultad aparente. Sin embargo, cuando existe disautonomía, síndrome de taquicardia ortostática postural —POTS— o intolerancia ortostática, permanecer erguido puede convertirse en una carga considerable.

En esos casos, descansar sentado y descansar tumbado no siempre producen la misma respuesta.

La posición horizontal puede reducir temporalmente parte de la exigencia asociada a la gravedad. No significa que todas las pausas deban realizarse tumbado ni que sea conveniente permanecer en la cama durante periodos prolongados.

Significa que la postura también forma parte de la dosis de descanso.

La persona puede observar si se recupera de manera diferente al:

  • Sentarse con respaldo.
  • Reclinar el tronco.
  • Elevar ligeramente las piernas.
  • Tumbarse completamente.
  • Cerrar los ojos además de cambiar de postura.

No es necesario asumir cuál será la mejor opción. Puede comprobarse.

Vigilia tranquila y siesta breve no son lo mismo

Cerrar los ojos durante diez minutos no garantiza que la persona se duerma.

Cuando permanece despierta, hablamos de vigilia tranquila. Si entra en alguna fase del sueño, estaríamos ante una siesta breve.

Ambos estados reducen la exposición a estímulos, pero no producen exactamente los mismos fenómenos neurofisiológicos.

Algunos estudios realizados en personas sanas han observado que un periodo breve de reposo con los ojos cerrados después de practicar una tarea puede favorecer la consolidación de determinados aprendizajes motores. Esto sugiere que permanecer despierto y sin recibir nueva información no es necesariamente un tiempo cerebralmente vacío.

El sueño puede aportar procesos adicionales. En estudios sobre fatiga neural provocada por tareas intensivas de aprendizaje, una siesta ha producido cambios electroencefalográficos y una recuperación del rendimiento que no siempre se observan tras un periodo equivalente de vigilia tranquila.

Esto no convierte a la siesta en una opción necesariamente superior.

Dormir durante el día puede generar somnolencia al despertar, desorientación o inercia del sueño, especialmente cuando la siesta se prolonga y la persona entra en fases más profundas. También puede interferir con el sueño nocturno en algunas personas.

Conviene además utilizar correctamente el término microsueño. En la literatura científica suele referirse a episodios involuntarios y muy breves de pérdida de vigilancia, generalmente de pocos segundos.

Para una pausa planificada de diez o veinte minutos es más preciso hablar de una siesta breve.

¿Cuánto debería durar una pausa?

No existe una duración universal.

Una pausa de cinco minutos puede resultar suficiente para una persona y demasiado corta para otra. Diez o quince minutos pueden ser útiles en determinados momentos, mientras que alguien con una afectación importante puede necesitar pausas más prolongadas.

Como punto de partida práctico, pueden probarse periodos de entre cinco y veinte minutos.

Pero el tiempo no es el único factor importante. También influyen:

  • El momento en el que se introduce la pausa.
  • La actividad realizada anteriormente.
  • La intensidad de los síntomas.
  • La posición corporal.
  • El nivel de luz y ruido.
  • Si la persona permanece despierta o se duerme.
  • La respuesta durante las horas posteriores.
  • El estado al día siguiente.

Un descanso no debería valorarse únicamente por cómo se siente la persona al abrir los ojos.

Quizá una pausa no genere una sensación inmediata de recuperación, pero permita terminar el día con menos síntomas. O reduzca la necesidad de interrumpir completamente la actividad unas horas después.

Por eso, más que buscar una duración perfecta, conviene buscar un patrón.

El problema de descansar demasiado tarde

La mayoría de las personas se detienen cuando ya no pueden continuar.

Esperan a que aparezca la niebla mental, el dolor, la debilidad, la taquicardia, la irritabilidad o una sensación clara de agotamiento. Entonces se tumban.

Ese descanso puede ser necesario, pero llega después de que los síntomas hayan aumentado.

En la EM/SFC, el malestar post-esfuerzo puede producir un empeoramiento después de actividades físicas o mentales relativamente pequeñas. Además, la respuesta no siempre aparece en el momento: puede retrasarse varias horas e incluso manifestarse al día siguiente.

Esperar hasta encontrarse mal puede favorecer un patrón repetido:

La persona se siente algo mejor.

Aprovecha para realizar varias tareas.

Mantiene la actividad mientras todavía puede continuar.

Los síntomas aumentan.

Necesita un periodo más largo para recuperarse.

Cuando vuelve a mejorar, intenta compensar todo lo pendiente.

Este ciclo suele denominarse boom-bust: una fase de mayor actividad seguida de un empeoramiento o colapso.

Los pequeños descansos adquieren sentido cuando se introducen antes de llegar a ese punto.

La pausa preventiva comienza cuando todavía parece posible continuar.

Y precisamente por eso resulta tan difícil respetarla.

Descanso de rescate y descanso preventivo

Podemos diferenciar dos formas de utilizar estas pausas.

Descanso de rescate

Se introduce cuando los síntomas ya han aumentado.

La persona nota confusión, dolor, debilidad, sensación de enfermedad, hipersensibilidad, mareo o una elevación llamativa de la frecuencia cardíaca. En ese momento detiene la actividad, reduce la estimulación y busca una posición cómoda.

Este descanso puede evitar que se siga añadiendo carga, pero no siempre impide el empeoramiento posterior.

Descanso preventivo

Se programa antes de que los síntomas sean intensos.

Puede realizarse al terminar una tarea, antes de comenzar otra, después de una conversación, tras exponerse a una pantalla o en determinados momentos del día en los que habitualmente se acumula la fatiga.

No busca rescatar a la persona del límite, sino evitar que llegue hasta él.

La pausa puede consistir igualmente en tumbarse y cerrar los ojos. Lo que cambia no es necesariamente lo que se hace durante el descanso, sino el momento en el que se introduce.

En mis programas intento instaurar estas pausas con la misma intención con la que programo cualquier otro periodo de recuperación: no como un tiempo sobrante ni como una interrupción improvisada, sino como una parte más de la organización de la carga. Igual que una pausa entre tareas o bloques permite sostener mejor la calidad del trabajo, estos pequeños descansos sensoriales deben anticiparse, concretarse y respetarse. No se trata de esperar a que la persona esté agotada, sino de incorporarlos desde el principio como una estrategia planificada para evitar que la carga continúe acumulándose.

Una pausa no tiene que hacerte sentir completamente recuperado

Uno de los errores más frecuentes es valorar el descanso únicamente por la sensación inmediata.

La persona cierra los ojos durante diez minutos, no se siente renovada y concluye que la pausa no ha servido de nada.

Pero un descanso preventivo no tiene que producir necesariamente una percepción clara de recuperación.

Su función puede ser evitar que la carga continúe aumentando al mismo ritmo.

Quizá no permita sentirse mucho mejor en ese momento, pero sí:

  • Terminar el día con menos síntomas.
  • Reducir el empeoramiento de la tarde.
  • Conservar capacidad para una tarea importante.
  • Disminuir la necesidad de un descanso de rescate.
  • Recuperar antes el nivel habitual.
  • Sentirse algo mejor a la mañana siguiente.

Por eso, la pregunta no debería ser solamente:

«¿Me siento mejor justo después?»

También convendría preguntarse:

«¿Cómo terminé el día?»
«¿Cómo dormí esa noche?»
«¿Cómo me encontraba a la mañana siguiente?»
«¿Pude sostener mejor las actividades importantes?»
«¿Aparecieron los síntomas más tarde o con menor intensidad?»

Cómo comprobar si los pequeños descansos ayudan

Puede realizarse una prueba sencilla durante varios días.

Primero se identifica un momento en el que la fatiga suele aumentar: después de comer, tras trabajar con el ordenador, después de una conversación, al terminar una tarea doméstica o al final de la mañana.

Antes de que aparezca el empeoramiento habitual, se introduce una pausa breve.

Durante la pausa

  1. Interrumpir completamente la tarea.
  2. Adoptar una postura cómoda.
  3. Cerrar los ojos.
  4. Reducir la luz y el ruido.
  5. Dejar el teléfono fuera del alcance.
  6. Evitar iniciar otra actividad mental.
  7. Permanecer así entre cinco y veinte minutos.
  8. Reanudar la actividad sin intentar compensar el tiempo «perdido».

Después puede registrarse brevemente:

  • Cómo se encontraba la persona antes de la pausa.
  • Cómo se siente inmediatamente después.
  • Cómo termina el día.
  • Cómo duerme.
  • Cómo se encuentra a la mañana siguiente.

No es necesario convertir el descanso en una prueba de laboratorio. Basta con buscar patrones.

Un día aislado puede estar condicionado por el sueño previo, la temperatura, la medicación, el estrés o las actividades realizadas anteriormente. Repetir la estrategia durante varios días permite valorar mejor si realmente aporta algo.

¿Puede utilizarse un temporizador?

Un temporizador puede resultar útil por dos motivos.

El primero es evitar que la pausa se prolongue involuntariamente y termine interfiriendo con el sueño nocturno.

El segundo es conseguir que el descanso se produzca de forma preventiva.

Cuando la pausa depende únicamente de «cómo me siento», es fácil posponerla hasta que los síntomas ya son evidentes. Una alarma puede recordar que ha llegado el momento de detenerse, incluso aunque todavía parezca posible continuar.

El temporizador no debería convertirse en una imposición.

Algunas personas pueden beneficiarse de una pausa cada cierto tiempo. Otras responderán mejor al introducirla después de actividades concretas. La frecuencia debe adaptarse al patrón individual y al grado de afectación.

El objetivo no es llenar el día de alarmas, sino impedir que la actividad se convierta en un bloque continuo sin oportunidades reales de recuperación.

Cuando el sueño nocturno no resulta reparador

En la EM/SFC, la fibromialgia y algunos cuadros de COVID persistente es frecuente que el sueño no produzca una sensación adecuada de recuperación.

Una persona puede dormir durante muchas horas y despertar con fatiga intensa, dolor o niebla mental. También pueden aparecer despertares frecuentes, dificultad para conciliar el sueño o una sensación de no haber descansado a pesar de haber permanecido toda la noche en la cama.

Esto ayuda a entender por qué alguien puede necesitar pequeños descansos diurnos incluso después de haber dormido diez horas.

No se trata necesariamente de falta de voluntad, malos hábitos o una duración insuficiente del sueño.

Las pausas diurnas no corrigen por sí solas un trastorno del sueño. Tampoco sustituyen una valoración sanitaria cuando existen problemas persistentes o graves.

Pero pueden ayudar a gestionar el día cuando la recuperación nocturna ha sido insuficiente.

Lo que estas pausas pueden aportar y lo que no podemos asegurar

Sabemos que cerrar los ojos modifica el patrón de actividad y conectividad cerebral.

Sabemos que tumbarse reduce la exigencia de mantener una posición erguida y puede ser especialmente relevante cuando existe intolerancia ortostática.

Sabemos que la vigilia tranquila con los ojos cerrados puede favorecer determinados procesos de consolidación de la memoria en algunos contextos experimentales.

También sabemos que, en la EM/SFC, planificar la actividad y el descanso dentro de los límites individuales forma parte de las principales recomendaciones para reducir el riesgo de malestar post-esfuerzo.

Lo que no podemos afirmar es que una pausa breve regenere directamente las mitocondrias, elimine el lactato acumulado, revierta la neuroinflamación o impida por sí sola cualquier empeoramiento posterior.

Mantener esta diferencia no resta valor al descanso.

Al contrario, permite presentarlo como lo que realmente puede ser: una estrategia sencilla, de bajo coste y adaptable que puede ayudar a algunas personas a reducir la carga acumulada, sin convertirla en una cura ni en una promesa terapéutica.

Parar antes de necesitarlo

Estamos acostumbrados a pensar que descansar es la consecuencia del agotamiento.

Primero hacemos y después recuperamos.

Pero cuando la capacidad disponible es reducida, quizá sea necesario invertir ese orden: introducir pequeñas recuperaciones para evitar que la fatiga continúe creciendo.

Cerrar los ojos durante diez minutos puede parecer una acción insignificante. No cambia el diagnóstico ni elimina la complejidad de la enfermedad.

Sin embargo, puede representar una forma diferente de organizar el día.

No esperar a que el cuerpo obligue a parar.

No llenar cada minuto de descanso con una pantalla.

No interpretar la pausa como tiempo perdido.

A veces, el objetivo no es recuperar toda la energía en unos minutos.

Es evitar gastar la que todavía queda.

La evidencia disponible constata que cerrar los ojos y permanecer durante unos minutos en vigilia tranquila modifica la actividad cerebral y puede favorecer determinados procesos de consolidación de la memoria y recuperación tras una carga cognitiva. También respalda que, en la EM/SFC, la gestión de la energía requiere alternar actividad y reposo dentro de los límites individuales. No demuestra que estas pausas reparen por sí solas la disfunción metabólica ni que eviten siempre el malestar post-esfuerzo. Pero sí permite afirmar algo importante: cuando una pausa reduce de verdad la carga visual, cognitiva y postural, no es tiempo vacío. Puede convertirse en una herramienta práctica para interrumpir la acumulación de fatiga antes de que el organismo obligue a parar.

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