Recientemente, tuve el honor de participar como ponente en el Congreso Nacional de la Sociedad Española de Hospitalización a Domicilio (SEHAD). Mi objetivo principal fue derribar barreras conceptuales y demostrar que la implementación del ejercicio físico en pacientes agudos no solo es posible, sino necesaria, siempre que se fundamente en un concepto clave: la dosis mínima efectiva.

¿Es viable el ejercicio en una fase aguda?
Un paciente hospitalizado en su domicilio se encuentra, por definición, en una fase aguda de su enfermedad. Ante la pregunta de si es posible realizar ejercicio en este estado, la ciencia es clara: la respuesta es sí. La evidencia más sólida proviene de estudios realizados en condiciones límite, como las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI). Si el ejercicio es plausible y beneficioso en un entorno de control tan extremo, su traslado al domicilio es viable. Sin embargo, existe una brecha importante entre la evidencia científica y la implementación asistencial; desgranar esta transición fue el eje de mi intervención.
El ejercicio como una intervención de equipo
Una de las premisas fundamentales que compartí es que el ejercicio físico en este contexto es una cuestión de equipo.Jamás puede entenderse como una intervención aislada del tratamiento médico principal. La colaboración estrecha con los profesionales que lideran las decisiones clínicas es innegociable. Sin esta sinergia y la constitución de equipos multidisciplinares, es imposible trasladar la evidencia a la realidad del paciente.
La clave del éxito: Los «Snacks» de ejercicio
Para que el estímulo sea reconocible, tolerable y ajustado al estado del paciente, debemos manejar con precisión las variables de entrenamiento. En esta ponencia, quise poner el foco en una variable a menudo subestimada frente al volumen o la intensidad: la frecuencia.
- El error común: Reducir la frecuencia a «días de ejercicio por semana».
- La solución en baja tolerancia: Entender la frecuencia como la distribución de estímulos a lo largo del día.
En pacientes con fatiga severa, fraccionar la dosis diaria en pequeños «snacks de ejercicio» distribuidos en diferentes momentos es la clave del éxito. Al igual que ocurre con la nutrición —donde realizamos varias ingestas diarias para cubrir necesidades—, podemos estimular el tejido muscular múltiples veces al día de forma segura y efectiva.
El impacto fisiológico del reposo: Una urgencia médica
No podíamos finalizar sin abordar la urgencia de estas intervenciones. El ejercicio tiene un objetivo crítico: mitigar el impacto devastador del encamamiento. La inactividad desencadena una cascada de desajustes donde el músculo, en su función endocrina y mecánica, es la principal víctima.
Según datos de referencia (Moritz et al.), las pérdidas por inactividad son alarmantes:
- Masa muscular: Se pierde entre un 0,5% y un 1% al día (hasta 1 kg en una semana).
- Fuerza (Función): La pérdida es aún más agresiva, entre un 1,5% y un 3% diario.
- Resultado crítico: Tras solo 7 días de encamamiento, un paciente puede perder el 5% de su masa muscular, pero su capacidad de generar fuerza puede desplomarse hasta un 20%.
Este declive puede suponer el traspaso del umbral de la independencia funcional, una línea que, una vez cruzada, es extremadamente difícil de recuperar.
Próximos pasos
El camino a seguir es claro: constituir equipos de trabajo para acotar estas dosis en cada condición específica de la hospitalización a domicilio. Debemos protocolizar la selección de ejercicios e identificar las variables constantes antes de la implementación, asegurando que el paciente perciba el ejercicio no como un extra, sino como una parte esencial de su prescripción médica.
Ya hemos empezado…

















