Cuando comencé mi camino adentrándome en el estudio del ejercicio y su relación con la salud de las personas con cáncer, no me imaginaba que acabaría haciendo una especie de viaje en el tiempo.
Para cualquiera que empiece a explorar este ámbito, nuestra vista queda acotada por defecto. Que lo nuevo es lo correcto. Pensamos que la interacción entre el movimiento y la oncología es una disciplina del siglo XXI, nacida al abrigo de la biología molecular y la tecnología médica de última generación.
Sin embargo, curioseando en la literatura científica más pionera, me topé con una auténtica joya de 1921: un estudio titulado The Relation of Muscular Activity to Carcinoma: A Preliminary Report, firmado por Ivar Sivertsen y Arthur W. Dahlstrom y publicado en The Journal of Cancer Research. Si…ya han pasado más de 100 años.
Aquel estudio me fascinó por completo. Imagina la época: sin ordenadores, sin marcadores moleculares, sin ecografías ni resonancias. Y aun así, estos dos investigadores se plantearon una pregunta revolucionaria para su tiempo.
¿Qué observaron en 1920?
Sivertsen y Dahlstrom recopilaron observaciones clínicas fijando la vista en la población y sus estilos de vida:
- La observación en los agricultores: Notaron que los agricultores que mantenían un nivel alto de trabajo físico solían mantenerse sanos. Sin embargo, aquellos que se retiraban y pasaban a llevar una vida sedentaria comenzaban a desarrollar carcinomas.
- El dato de control: Registraron que, en un periodo de 30 años, no se había reportado ni una sola muerte por carcinoma entre profesores de gimnasia.
- Su hipótesis: Plantearon que la actividad muscular estimulaba el metabolismo, retrasando el deterioro celular y la senescencia. Postularon que el carcinoma en humanos podría ser una reacción a la “irritación crónica” de tejidos bañados en fluidos corporales alterados por un metabolismo deficiente, fruto de la falta de ejercicio.
- Prescripción médica inicial: Con esa base, llegaron a formular recomendaciones muy concretas: aconsejaban ejercicio diario (como caminar a buen paso o saltar a la cuerda) en cuadros precancerosos.
Resulta asombroso pensar en la audacia de recomendar el hábito del ejercicio como una herramienta de prevención clínica hace más de un siglo.
El “gran vacío” y el renacer de los años 80
A pesar de la lucidez de Sivertsen y Dahlstrom, durante las décadas siguientes se impuso el paradigma médico que aconsejaba reposo absoluto a cualquier persona enferma. Tuvo que pasar medio siglo para que la ciencia decidiera comprobar de forma masiva si aquellos pioneros tenían razón. Fue a lo largo de la década de 1970 cuando comenzaron a ponerse en marcha los primeros grandes estudios epidemiológicos observacionales sobre actividad física y cáncer:
El cambio en las encuestas poblacionales: Fue también en los años 70 cuando instituciones de salud pública comenzaron a incluir cuestionarios validados de actividad física en los registros de salud global (como las encuestas NHANES), lo que permitió correlacionar por primera vez dosis de movimiento con tasas de mortalidad por cáncer.
Estudios de actividad laboral en grandes cohortes: A partir de los 70, la epidemiología moderna comenzó a registrar sistemáticamente los niveles de actividad laboral (como los famosos seguimientos de la cohorte del Nurses’ Health Study iniciados en 1976 o los análisis en trabajadores de Suecia y EE. UU. analizando censos de 1960 a 1970).
El patrón del cáncer de colon: Estos primeros análisis prospectivos confirmaron lo que en 1921 era solo una sospecha: los trabajadores y personas con trabajos o rutinas activas presentaban una reducción drástica en el riesgo de desarrollar tumores, especialmente en el cáncer de colon y mama.
Las primeras pautas oficiales: el cambio de paradigma (2006)
Ese salto definitivo hacia la validación institucional llegó a mediados de los años 2000. Hasta entonces, la recomendación de moverse dependía del criterio individual de profesionales muy motivados. Fue en torno a 2006 cuando organismos internacionales como la Asociación Australiana de Ciencias del Ejercicio y del Deporte (AAESS / ESSA) publicaron sus primeras declaraciones de postura (position statements), seguidas muy de cerca por las mesas de expertos del Colegio Americano de Medicina del Deporte (ACSM).
Estas entidades dieron un golpe sobre la mesa estableciendo un consenso claro: el ejercicio físico no solo era seguro durante y después del tratamiento, sino necesario, enterrando definitivamente el mito de la inactividad.
Más de un siglo después: La ciencia de precisión responde
Hoy, la mecha que encendieron Sivertsen y Dahlstrom en 1921 arde más viva que nunca. Recientemente nos topamos con un artículo publicado en el Journal of Sport and Health Science: “Can exercise kill tumors?” (¿Puede el ejercicio matar tumores?), firmado por un destacado grupo de investigadores de nuestro país como Abel Plaza-Florido, Alejandro Santos-Lozano, Natalia Yanguas-Casás, Tomàs Pinós, Carmen Fiuza-Luces y Alejandro Lucia. Al leer su trabajo, la magia del conocimiento científico se hace evidente: los autores abren su análisis citando precisamente el trabajo de Sivertsen y Dahlstrom de 1921.
Más de cien años después, la biología molecular responde a lo que en su momento fue una genial intuición:
- Hoy sabemos que cuando los músculos se contraen liberan mioquinas (como la IL-6).
- Comprendemos cómo la adrenalina moviliza células inmunitarias (como las células Natural Killer o los linfocitos T CD8+) capaces de infiltrar e “inmunomodular” los tumores.
- Analizamos cómo cada sesión de ejercicio modula el microambiente tumoral y reduce efectos secundarios del tratamiento.
Reflexión
Ver cómo un hilo invisible conecta la intuición de 1921, el resurgir de los años 70 y las guías de 2006 con la ciencia más avanzada nos recuerda algo fundamental: la ciencia es una carrera de relevos. Pero, ¿por qué se paralizo esa hipótesis?
Aquellas sugerencias de “caminar o saltar a la cuerda” eran los cimientos de lo que hoy definimos con rigor como ejercicio físico de precisión dentro del contexto del cáncer. Conocer esta historia nos ayuda a entender mejor hacia dónde vamos y a defender que el movimiento individualizado (ejercicio) ha sido —y sigue siendo— una de las herramientas más valiosas para mejorar la salud y calidad de vida de las personas con cáncer.
Bibliografía
- Sivertsen, I., & Dahlstrom, A. W. (1921). The Relation of Muscular Activity to Carcinoma: A Preliminary Report. The Journal of Cancer Research, 6(3), 365–374.
- JPG
- Gerhardsson, M., Norell, S. E., Kiviranta, H., Pedersen, N. L., & Ahlbom, A. (1986). Sedentary behaviour and colon cancer: a two-year follow-up study of cohort data from Sweden. International Journal of Epidemiology, 15(4), 467–471. (Análisis prospectivo derivado de las cohortes iniciadas en los años 70).
- Hayes, S. C., Spence, R. R., Galvão, D. A., & Newton, R. U. (2009). Australian Association for Exercise and Sports Science position statement: Exercise prescription for people with cancer. Journal of Science and Medicine in Sport, 12(1), 33–49.
- Schmitz, K. H., et al. & American College of Sports Medicine. (2010). American College of Sports Medicine roundtable on exercise guidelines for cancer survivors. Medicine & Science in Sports & Exercise, 42(7), 1409–1426.
- Plaza-Florido, A., Santos-Lozano, A., Yanguas-Casás, N., Pinós, T., Fiuza-Luces, C., & Lucia, A. (2025). Can exercise kill tumors? Journal of Sport and Health Science, 14, 100987.

















